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Rapunzel

Érase una vez una joven pareja recién casada que Vivian en una preciosa casa. Deseaban con todas sus fuerzas ser padres, pero los meses pasaban y pasaban y su deseo no se cumplía. Un buen día, la mujer supo que estaba embarazada y emocionada se puso a preparar todo lo necesario para su bebe. Pasaba los días haciendo prendas y patucos y de vez en cuando descansaba asomada a la ventana disfrutando de la primavera.

La casa del matrimonio era colindante con la de una bruja, y desde la ventana se veía su huerto, que, por cierto, estaba muy bien atendido. La joven disfrutaba viendo un huerto tan bien cuidado, pero sabía, como toda la gente del pueblo, que nadie podía entrar a el porque la bruja aparte de ser malvada lo custodiaba firmemente.

Un día mientras descasaba en la ventana, la muchacha vio unas cerezas hermosísimas que reposaban en la parte alta del muro. Le hubiera encantado probarlas, pero sabía que no debía. El antojo por aquellas cerezas le impedía seguir trabajando en las prendas para su bebe, cuanto más pensaba en ellas y en que no podía comerlas, más ganas tenia de ellas.

La mujer empezó a no querer comer y por lo tanto a volverse flaca y pálida, hasta que su marido le pregunto:

–Amor ¿Qué te ocurre?

La mujer, suspirando dijo:

–Tengo un gran antojo de las cerezas que crecen en la huerta de al lado, no tengo ganas de otra cosa.

El joven se sorprendió y le dijo:

–Quítate esa idea de la cabeza, sabes que nadie puede acceder a ese huerto y mucho menos tomar ninguna de sus frutas.

La mujer sabía que su marido tenía razón y durante los siguientes días intento no pensar más en aquellas cerezas. Sin embargo, el antojo era tan intenso que siempre que se asomaba a la ventana no podía evitar mirarlas y querer comerlas.

Un día el marido se dio cuenta de que su mujer seguía adelgazando y tomo la decisión de arriesgarse a coger unas pocas cerezas, no quería que el niño que estaba a punto de nacer ni su mujer sufrieran ningún daño, y menos por culpa de unas cerezas.

Esa misma noche, el joven trepo por el muro y cogió un buen puñado de cerezas para llevárselas a su mujer.

La joven enseguida las recibió y las disfrutó una a una. El marido, satisfecho de verla comer por fin, pensó en que dejaría de pensar en las cerezas, pero se equivocaba, las cerezas eran tan sabrosas que la mujer quería más y ya no dejaba de pensar en ellas y en su sabor.

El muchacho trato de convencer a su esposa de que no podía ser y de que ya había asumido mucho riesgo al coger ese puñado. Ella sin decir nada, se sentó mirando por la ventana y cada vez se volvía más pálida.

Aunque tenía miedo, el joven volvió a trepar el muro al anochecer, pero esta vez, al entrar en la huerta y girarse, tenía frente a él a la malvada bruja. La horrenda mujer comenzó a increparle duramente

–¡Tú, miserable!, ¡Como te atreves a entrar en mi huerta y robarme mis cerezas!, ¡Lo vas a pagar muy caro!

El joven trato de disculparse con la malvada bruja, explicándole que no era un ladrón:

–¡Entiéndame señora!, Mi esposa está embarazada y tiene antojos de estas cerezas, es tan intenso que no desea comer otra cosa.

Al escucharle, la rabia de la bruja desapareció de repente y le dijo:

–Si es así, llévale todas las cerezas que quieras, pero con una condición: cuando ese niño nazca me lo entregarás. Lo cuidare como una madre y estará bien atendido.

Asustado, el joven aceptó confiando en que la bruja no hablaba en serio y se olvidaría del trato.

El día llego, y la joven dio a luz una hermosa niña y la bruja se presentó de inmediato a reclamar su parte del trato. El matrimonio, en vano, trato de convencer a la bruja, pero ella no quería otra cosa que no fuera aquel bebe. Así que cogió a aquella niña, le puso el nombre de Rapunzel, y se la llevó sin mediar palabra.

Rapunzel se convirtió en la joven más bella del reino, pero al cumplir doce años, la bruja la encerró en lo alto de una torre que construyo en mitad del bosque mediante un hechizo. La torre no tenía puertas ni escaleras, tan solo tenía una ventana en la cima.

Cuando la bruja quería subir, se ponía bajo la ventana y gritaba:

–¡Rapunzel, tírame tus trenzas!, que me hare una escalera con ellas.

El pelo de Rapunzel era muy largo, rubio y fuerte. Cuando oía la voz de la bruja tiraba sus trenzas por la ventana, llegando estas hasta el suelo y la bruja trepara por ellas como si de una escalera se tratase.

Así paso los años la joven Rapunzel, sola en aquella torre con la única distracción de las visitas de la bruja. Para no sentirse tan sola y triste, la joven cantaba a través de la ventana y los pájaros se acercaban a hacerle compañía y a escucharla.

Un día, el joven príncipe escucho su voz mientras cabalgaba por el bosque, e intrigado por aquella hermosa voz, decidió seguirla. Cuando llegó a la torre y vio a Rapunzel asomada a la ventana se enamoró de ella a primera vista.

Dio la vuelta a la torre buscado una puerta o algún acceso para subir hasta ella, pero no la encontró y la torre era demasiado alta para una escalera. Desconsolado volvió a palacio, pero no lograba quitarse de la cabeza a aquella joven y su hermosa voz. Cada día volvía al bosque a ver y a escuchar a aquella joven.

Un día, escondido mientras escuchaba a Rapunzel cantar, vio llegar a la bruja y observó como aquella fea arpía decía:

–¡Rapunzel, tírame tus trenzas!, que me haré una escalera con ellas.

Como de costumbre, Rapunzel soltó sus trenzas y las dejó caer; la bruja trepó y entró por la ventana.

El príncipe vio así una manera de llegar hasta su amada.

–¡Asique así es como se sube hasta ahí arriba!

Se dirigió al palacio más feliz que las anteriores veces, repitiendo una y otra vez las palabras de la bruja para aprenderlas de memoria. También intentó imitar la voz de la bruja, tal vez si la joven escuchaba una voz extraña no dejaría caer sus trenzas.

Al día siguiente, al caer el sol, el príncipe se dirigió a la torre, e imitando la voz de la bruja dijo:

–¡Rapunzel, tírame tus trenzas!, que me haré una escalera con ellas.

Hacía poco que la bruja se había ido, pero no le extrañaba que hubiera vuelto a por alguna cosa que se le hubiera olvidado.

Dejó caer sus trenzas y cuando vio entrar a aquel joven desconocido casi se desmaya del susto. ¡Era la primera vez que veía a un hombre en toda su vida!, pero el trato del príncipe era tan amable, su mirada tan dulce y su rostro tan bello que dejó de sentir miedo.

Cogiéndole de la mano, el joven príncipe le contó cómo había llegado hasta ella y que su corazón latía por y para ella.

El príncipe tuvo que irse, pero antes de partir, le prometió que iría a verla todos los días porque no podía estar sin ella. Y así fue, todas las noches al anochecer el príncipe se escondía detrás de unos arbustos, esperaba a que la bruja se fuera y subía a ver a Rapunzel. Ambos estaban enamorados y decidieron casarse, pero Rapunzel no sabía cómo bajar de la torre.

La joven pensaba día y noche en como bajar de la torre, hasta que al final tuvo una idea. Le dijo al príncipe:

–La próxima vez que vengas trae una madeja de seda, la trenzare y con ella haré una escalera. ¡En cuanto esté lista, bajaré por ella y nos iremos!

El príncipe hizo lo que ella le pidió, y cada noche le llevaba una madeja de seda para que Rapunzel la trenzara.

La bruja no se dio cuenta de nada, hasta que un día en un despiste le dijo:

–¿Cómo le cuesta tanto subir? El príncipe sube en un periquete.

La bruja, cabreada dijo:

–¡Creía haberte apartado de este mundo y no ha servido de nada!

Llena de rabia, cogió unas tijeras y corto las trenzas de Rapunzel, y con un hechizo la envió a un lejano país.

Una vez castigada Rapunzel, la bruja espero a que el príncipe hiciera acto de presencia esa misma noche. El príncipe nada sospechaba y al llegar a la torre llamo a Rapunzel:

–¡Rapunzel, tírame tus trenzas!, que me haré una escalera con ellas.

La bruja dejo caer las trenzas que había cortado a Rapunzel y cuando el príncipe subió se encontró con la bruja, quedándose paralizado.

La bruja le dijo:

–¿Has venido a buscar a tu amada, ¿verdad? Que pena, por desagradecida y mentira la he enviado lejos y no la volverás a ver ni a oír jamás.

El joven príncipe, al oír esas horribles palabras, retrocedió y tropezó con la repisa cayendo al vació, pero por suerte no murió, sin embargo, al caer sobre unas zarzas, los espinos se clavaron en sus ojos y se quedó ciego.

Aunque había perdido la visión, el príncipe seguía enamorado de Rapunzel, asique durante mucho tiempo estuvo buscándola por todo el mundo, fueron tiempos duros, pero el joven no desistió, era tal el amor que sentía que siempre tenia esperanza de volver a ver a Rapunzel.

Finalmente, un día, después de deambular por todo el mundo, dio con un pueblo abandonado donde la bruja había escondido a Rapunzel. La pobre chica había conseguido sobrevivir, y como antaño, su único consuelo era el canto. Como sucedió cuando se conocieron, el príncipe escucho su melodía y se limitó a seguirla, pues ya le era familiar.

Rapunzel, al ver al príncipe paró de cantar, aunque estaba desaliñado y sucio, la joven le había reconocido. Felices por haberse encontrado se abrazaron y pudo notar que su amado se había quedado ciego. La muchacha lloraba desconsoladamente por tal desgracia y por arte de magia, el momento en que sus ojos mojaron los ojos del joven, éste recupero la vista.

Cuando regresaron al reino, fueron recibidos con alegría y Rapunzel pudo reencontrarse con sus padres, los cuales dieron la bendición para su boda con el príncipe. Y vivieron felices por siempre y siempre jamás.

Fin