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La Cenicienta

Érase una vez, un noble, que tras la muerte de su esposa y con una niña pequeña a la que criar, decidió volver a casarse. Sin embargo, no estuvo muy acertado en su elección, su nueva esposa era fea por fuera y también por dentro. Al igual que él también era viudo y quería casarse de nuevo para no estar sola criando a sus dos malcriadas hijas.

En cambio, la hija del noble señor, además de ser preciosa, era todo bondad y dulzura, igual que su madre, que era conocida por ser una mujer extraordinaria.

Después de la boda, la madrastra se instaló en casa del nuevo marido junto a sus dos hijas, que llenas de odio y envidia por sus cualidades, comenzaron a maltratar a su hermanastra. ¡No podían soportar que fuera más guapa y más tierna que ellas!

La rutina fue haciendo que la vida de la joven fuera cada vez más triste, su madrastra le había estropeado hasta sus bellos vestidos, teniendo que ponerse un viejo delantal y unos zuecos de madera, llegando a ordenarle no salir de la cocina y ocuparse de todas las tareas domesticas mientras que sus hermanastras vagueaban todo el día.

Y así hizo, todas las mañanas se levanta antes que los demás para ir al caño a por agua, hacia el desayuno y preparaba la mesa para toda la familia. Después, recogía la mesa, fregaba los platos, arreglaba las habitaciones, barría y limpiaba los suelos, volvía a cocinar, lavaba la ropa, la planchaba y así día tras día. Nunca nadie le decía otra cosa que no fueran órdenes.

Cuando caía la noche, la pobre muchacha no dormía en una cama, sino que se acostaba en un catre de paja, que ya estaba sucio y húmedo. Mientras tanto, las vagas de sus hermanastras dormían plácidamente en una cama con sabanas siempre limpias, el suelo impoluto y el armario ordenado.

Habitualmente, cuando la joven terminaba las tareas del hogar, se sentaba en un rincón próximo a la chimenea, donde acababa sucia a costa de las cenizas. Por tal razón, empezaron a llamarla Culocenizon. La pobre muchacha lo soportaba por no acudir a su padre y hacerle discutir con su nueva esposa. Con el paso del tiempo, ese mote cruel se transformó en Cenicienta.

Un día, el rey, decidió celebrar un evento, al cual invito a todas las chicas del reino, ya que deseaba que su hijo el príncipe contrajera matrimonio. Esa invitación llego también a la casa de cenicienta. Sus hermanastras estaban emocionadas con la invitación y ya no pensaban en otra cosa que en el baile y en como irían vestidas para ser elegidas por el príncipe.

– ¡Yo me pondré el vestido azul!¡Me sienta genial! – Decía una.

¡Puesto yo me pondré el amarillo! -respondió la otra.

Mientras tanto, cenicienta las escuchaba y se lamentaba, al fin y al cabo, ella también estaba invitada al baile.

Llego el día y la madrastra y sus hijas no paraban de agobiarla:

-Cenicienta, ¿Dónde está mi vestido?

-Cenicienta, ¿Dónde están mis zapatos?

Durante todo el día Cenicienta no hizo otra cosa que atender a sus hermanastras intentando que estuvieran estupendas para la celebración, pero poco podía hacer ella, por mucho que lo intentara, ¡Aunque la mona se vista de seda, mona se queda!

Por la tarde, antes de salir hacia palacio, mientras Cenicienta acababa de peinarlas, las hermanastras comenzaron a burlarse:

-Cenicienta, ¿a qué te gustaría venir con nosotras?

-Por supuesto. -respondió la joven.

– ¿La oyes? -dijo una de ellas- ¡quiere venir a la fiesta vestida de harapos! ¡De eso nada! Ni tienes vestido, ni joyas y además no tienes clase.

Cenicienta se quedó en casa llorando en su alcoba mientras las tres mujeres se fueron camino de palacio en una elegante carroza.

El hada madrina, que ya era conocedora de la situación de Cenicienta, se presentó esa noche:

-Cenicienta, ¿Por qué estas llorando? – le preguntó el hada.

– ¡Oh hada madrina! ¿Qué haces aquí? -respondió la joven.

– Te he oído llorar y me preguntaba si podía hacer algo por ti. Supongo que a ti también te gustaría ir a la fiesta. – dijo el hada.

– Si hada madrina, me encantaría salir de aquí, aunque solo fuera por una noche. – respondió Cenicienta.

-Deja de llorar, ve a la huerta y trae la calabaza más grande que haya.

Cenicienta, aunque perpleja por la petición del hada, obedeció sin rechistar. Cuando volvió con la calabaza, el hada la transformo con su varita mágica en una preciosa carroza.

El hada más tarde pidió a Cenicienta que le enseñara una trampa para ratones, y cenicienta llevo hasta las cuadras a su madrina, viendo una trampa con nueve ratones vivos en su interior.

-Abre la trampa y deja que salgan. -Dijo el hada.

Mientras salan de uno en uno, el hada madrina les tocaba con su varita mágica, transformando a ocho de ellos en preciosos corceles y al noveno y más gordo en un elegante cochero.

-Ahora ve al patio, entre los tiestos habrá lagartijas, tráemelas. -Ordenó el hada.

Cenicienta se apresuró a capturar cuatro las lagartijas y dárselas al hada, la cual las transformo en cuatro sirvientes.

Ahora solo quedaba preparar a Cenicienta para el baile. El hada con un golpe de varita convirtió los feos y sucios harapos de la muchacha en un precioso vestido bordado en oro y plata, con diamantes incrustados y en lugar de sus destrozadas alpargatas, unos zapatos de cristal.

– ¡Ahora sí que estaba lista!

Tras agradecer al hada madrina todo aquel despliegue, Cenicienta se subió a la carroza para ir camino de palacio, pero el hada le advirtió:

– ¡Espera Cenicienta!, este hechizo se romperá a la media noche, a esa hora todo se transformará en lo que era.

La joven prometió volver antes de la media noche y partió hacia palacio.

Cuando llego al palacio, el baile había comenzado y el príncipe se encontraba sentado y aburrido en su sillón observando a las damas bailar, en realidad, ninguna le agradaba.

De repente, con la entrada de Cenicienta en palacio, la música paró y todo el mundo allí presente se volvió para observar a aquella bellísima joven. El príncipe se levantó de su sillón y fue hacia ella atravesando todo el salón, invitándola a bailar. Los invitados se miraban y cuchicheaban:

– ¿Quién es esa chica? ¡Que bella es!

Incluso el Rey allí presente era incapaz de apartar la mirada de aquella joven, comentando a la reina que jamás había visto a nadie que reflejara tal esplendor.

El joven príncipe estuvo toda la velada a su lado, cautivado por su belleza y su dulzura, que era tal que ni tan siquiera sus hermanastras la reconocieron.

De pronto, mientras se divertían, Cenicienta oyó sonar las campanas del reloj dando las once y media. Rápidamente, hizo una reverencia y se escapo de palacio. Sin conseguirlo, el príncipe insistió en que se quedara.

El joven príncipe, entristecido, se quedó en palacio pensando en quien sería aquella muchacha de la cual estaba ya perdidamente enamorado.

Cenicienta llegó a casa justo al tiempo que el hechizo se rompió. Al poco rato, mientras ella estaba en su rincón, llegaron su madrastra y sus hermanastras.

-Ya habéis llegado, ¿Os habéis divertido? -Preguntó cenicienta que estaba a punto de dormirse.

-Ha sido alucinante, era todo lujoso y elegante. Además, llego una joven misteriosa con quien el príncipe estuvo toda la velada, seguramente fuera una princesa ¡Era preciosa!

A la noche siguiente, con la intención de volver a ver a aquella joven, el príncipe ofreció otro baile. Las hermanastras y la madrastra volvieron a hacer pasar penurias a la pobre Cenicienta.

Cuando éstas se fueron, de nuevo apareció el hada madrina y transformó todo de nuevo como la noche anterior. Cenicienta se subió a la carroza y se dirigió a palacio.

En cuanto el príncipe la vio entrar la tomó de la mano y no se separó de ella en toda la noche. Cenicienta se sentía tan feliz que estuvo a punto de olvidarse de que a la media noche el hechizo se rompería, solo se acordó cuando oyó sonar el reloj. En ese momento y como la noche anterior, Cenicienta huyo de palacio.

El príncipe la siguió sin poder alcanzarla y solamente encontró un zapato de cristal que cenicienta había perdido al correr precipitadamente.

Cenicienta llego a casa desarreglada, sin caballos ni sirvientes, el hechizo se había roto a medio camino.

Al poco rato las hermanastras llegaron a casa y no tardaron en contarle a Cenicienta lo ocurrido.

– ¡No te lo vas a creer! Llegada la media noche la joven huyó de palacio tan deprisa que perdió uno de sus zapatos de cristal y el príncipe se ha quedado allí llorando desolado con el zapato en sus manos. -dijo una ellas.

Al día siguiente, En una orden real, el príncipe ordenaba a todas las jóvenes en edad casadera ir a palacio a probarse el zapato de cristal; aquella que consiguiera calzarlo, se convertiría en su esposa. Primero se probaron el zapato todas las duquesas, marquesas y finalmente las damas de la corte ¡Pero a ninguna de ellas les valía!

Por fin llego el turno a la casa del noble caballero y como era de esperar, las hermanastras trataron de probarse el zapato, pero tampoco les valía.

– ¿No tiene otra hija? -Pregunto el caballero de la corte a la madrastra.

La mujer estaba a punto de responder que no, cuando apareció Cenicienta que dijo con la voz entrecortada:

– ¡Aún quedo yo!

La madrastra la miró con desprecio:

– ¡Tu calla y vete a lavar la ropa! Eres solo la sirvienta.

Pero el caballero de la corte, al ver a aquella preciosa joven, ordeno que se probara el zapato. El pie de cenicienta entro sin esfuerzo en el zapato, encajado perfecto ante la atónita mirada de la madrastra y sus hermanastras. No solo le encajaba perfecto, sino que además sacó del bolsillo de su delantal el otro zapato de cristal, poniéndoselo en el otro pie.

En ese momento apareció el hada madrina, que con un toque de su varita transformó los harapos de Cenicienta en un precioso vestido. Fue entonces cuando las hermanastras reconocieron a la misteriosa princesa de la fiesta. Avergonzadas, se tiraron a sus pies suplicando perdón por todas las humillaciones que le habían hecho durante años.

Cenicienta, que era bondadosa les pidió que se levantaran y las abrazó, diciéndoles que les perdonaba de corazón. Luego fue conducida a palacio ante el príncipe, que le pidió matrimonio.

Unos meses más tarde se casaron y vivieron felices para siempre.

FIN