Saltar al contenido

Jack y las habichuelas mágicas

Érase una vez una joven viuda que vivía en una casa apartada en los montes suizos. Junto a ella vivía Jack, su único hijo, un niño cariñoso y avispado, aunque bastante travieso; nunca pensaba en las consecuencias de sus acciones y sus mentiras. Su madre siempre estaba riñéndole y no hacia vida de él. ¡La pobre mujer solo tenía que problemas!

Desde la muerte de su marido, les costaba llegar a final de mes, para sobrevivir había tenido que ir vendiendo todo lo que poseía, quedándole solo una vaca que había dado buena leche durante años, pero que ya era mayor. Gracias a esa vaca no solo se habían alimentado, sino que habían sacado un buen dinero vendiendo su leche, la cual ya no producía.

La pobre mujer le dijo a Jack que la vendiera en el mercado y con el dinero podrían comprar otra vaca joven. Hubiera preferido ir ella, pero no se encontraba bien.

–Sobre todo Jack, que no te engañen. -Dijo su madre-. Intenta sacar todo lo que puedas ¡No tenemos nada más!

–No te preocupes mamá, verás como hago un buen trato. -Respondió Jack seguro de sí mismo.

De camino al mercado, Jack se encontró con un anciano que estaba sentado a la sombra de un árbol. El niño nunca lo había visto antes, pero en anciano le llamo por su nombre:

–Jack, ¿Por qué vas a vender la vaca al mercado?

–Porque ya no tenemos más dinero y la vaca no produce más leche, tengo que venderla a buen precio ¡O mi madre se enfadará! -respondió Jack.

— Yo compraré la vaca.

–¿sí? -respondió Jack alegre por desprenderse pronto de la vaca.

— Si, mira, te daré este saco de habichuelas mágicas a cambio. -Dijo el anciano.

El niño miro desilusionado el saco, la vaca vale mucho más que unas habichuelas.

–No es un buen trato señor. -respondió Jack.

–Piénsalo bien Jack, son habichuelas mágicas, no todo es lo que parece. -Replicó el anciano.

Jack, confuso por no saber que hacer, acabó confiando en el anciano, le inspiraba confianza, pero no estaba muy seguro de como iba a reaccionar su madre cuando le viera llegar con un saco de habichuelas a cambio de la vaca.

Cuando llego a casa, su madre casi se desmaya:

–¡Tu te has vuelto loco! ¡esa vaca era lo único que teníamos! ¿de qué vamos a vivir ahora?

Muy enfadada, cogió el saco de habichuelas y lo tiro por la ventana. Como castigo envió a Jack directo a la cama sin cenar.

El niño estaba disgustado, pensaba que había hecho un buen trato y en cambio su madre se había enfadado muchísimo con él.

A la mañana siguiente Jack se levantó y cuando abrió la ventana vio justo en el sitio donde su madre había tirado las habichuelas mágicas una enorme planta que atravesaba las nubes.

–¡No me equivoqué!, ¡el señor tenía razón!, ¡son mágicas!

Jack, que era muy curioso, decidió trepar por la planta para ver dónde llevaba, se vistió y se puso a escalar. Trepó y trepó, cada vez más alto, y al poco rato se encontró en la cima. ¡Desde allí arriba su casa era minúscula!

Jack empezó a sentir hambre, se había saltado la cena y el desayuno, además tenía un poco de miedo, estaba muy lejos de casa y no sabía que podía encontrarse.

Se paró un momento para descansar y cuando bajó el sol diviso en la lejanía lo que parecía un castillo. Sin dudarlo se dirigió hacia él, cerciorándose antes de que las nubes aguantaban su peso. Cuando llegó al castillo entró.

Era un edificio enorme, todas las salan tenían un tamaño gigantesco, pero parecía abandonado. Mientras deambulaba por el castillo oyó la voz fuerte de una mujer:

–¡Eh tú! ¿Qué haces aquí?

Jack se dio la vuelta asustado y la mujer resultó ser una ogra. Al ser sorprendido, Jack respondió con una mentira:

–Me he perdido y no se como volver a mi casa, además estoy cansado y hambriento.

La ogra, a pesar de su horrendo aspecto, era muy buena y el niño le dio pena. Le ofreció leche u magdalenas caseras ¡Jack nunca había probado bocado tan sabroso!

De repente, se sintió en el suelo como un terremoto.

–¡Rápido, escóndete ¡¡Es mi marido el ogro, que no te vea!

Jack se escondió rápidamente dentro del horno de la cocina.

El ogro era tan grande que tenía que agacharse para entrar por el marco de la puerta. De su cinturón colgaban dos corzos que acababa de cazar, los desató y los tiró encima de la encimera de la cocina, ordenando a su mujer con una voz tenebrosa:

–¡Aquí están! Prepáralos para el desayuno de mañana.

Se sentó a la mesa y mientras devoraba un cochino se puso a olfatear el ambiente como si fuera un sabueso.

–¡Aquí huele a niño! -gritó.

–¡No digas bobadas! – le respondió su mujer – Seguramente te repita el niño que te comiste la otra noche.

El ogro no insistió, tenía miedo de que su olfato no fuera tan preciso como antes. Después de hartarse a comer, cogió un saco de monedas y se puso a contarlas. El sonido de las monedas y la digestión hicieron que se durmiera allí mismo.

Fue entonces cuando Jack salió del horno y sigilosamente se lleno los bolsillos de monedas, después salió corriendo de allí y bajo por la planta de nuevo hasta su casa.

En casa se encontraba su madre preocupadísima por la desaparición de Jack.

–¿Dónde te habías metido hijo mío? – le dijo su madre.

— He trepado por la planta, ¿ves que es una planta mágica?

Y sonriente, saco de sus bolsos las monedas que había robado al ogro. Con aquel dinero, se mantuvieron durante algún tiempo y cuando se terminó, Jack decidió subir al castillo del ogro a por más.

De nuevo, una mañana, el joven volvió a trepar por la rama hasta la cima, llegando en un periquete al castillo. La ogra estaba en la puerta, y sin nada que temer Jack la saludó.

–Buenos días señora, hoy también tengo mucha hambre, ¿me da alguna magdalena?

–¡Vete enseguida, pronto llegará mi marido!, ¡Esta muy cabreado porque alguien le ha robado unas monedas de oro!

No había terminado de hablar cuando de nuevo el suelo tembló como si se acercara un terremoto. Jack de nuevo se escondió en el horno.

El ogro entró en la cocina y de nuevo olfateo el aire:

–¡Aquí huele a niño! -gritó.

–¿Otra vez con eso? -respondió su esposa-. Te estas haciendo mayor y tu olfato ya no funciona bien. ¡No ves que no hay ningún niño!

Como no quería hacer el ridículo, se callo y se puso a comer. Tras acabar de comer sacó una enorme gallina de un zurrón, la puso sobre la mesa y comenzó a acariciarla. El ogro le decía:

–¡Vamos gallinita! -y la gallina ponía un huevo de oro macizo.

Mientras la gallina ponía huevos, el ogro, cansado y saciado de comer, se durmió. Cuando estaba profundamente dormido, Jack salió de su escondite y de un brinco cogió la gallina y escapo del castillo. ¡No fue tarea fácil! La gallina empezó a aletear y casi se le escapa.

La madre lo esperaba impaciente en casa, y al ver que el chico bajaba con una gallina no pudo esconder su desilusión:

–¡Pero Jack! ¿Qué haremos con una sola gallina?

–Tranquila mamá, observa. – respondió Jack, y se puso a acariciar a la gallina. ¡Vamos! -dijo el chico.

Y de repente la gallina puso un huevo de oro.

–¡Cariño!, ¡Con esta gallina nuestros problemas se han terminado!

Gracias a la gallina de los huevos de oro, Jack hizo construir un rancho muy bonito, con espacio suficiente para atender a la gente necesitada, por eso quiso que las puertas siempre estuvieran abiertas, para que esas personas pudieran entrar a descansar y a comer cuando lo precisaran. Jack no había olvidado de dónde venía.

Una aburrida mañana, Jack decidió tentar de nuevo a la suerte. Volvió a trepar por la planta y se dirigió al castillo del ogro. Ya sabía lo que hacer, por lo que espero a que no hubiera nadie y entro en la cocina, escondiéndose rápidamente en el horno.

Al rato noto de nuevo el suelo temblar, señal de que el ogro volvía a casa. El ogro se sentó y olfateo el aire, pero esta vez se quedo callado, como si no hubiera olido nada. Después de haber devorado un jabalí entero, saco del bolso de su chaqueta un arpa de oro, la poso en la mesa y dijo:

–¡Toca!

El arpa comenzó a tocar una hermosa sintonía, la música inspiraba paz y relajación. El ogro estaba embelesado por la melodía, estaba apoyado en la mesa con la barbilla sobre su mano y poco a poco… se durmió.

Rápidamente Jack salió del horno, agarró el arpa y huyó del castillo hacia la planta. Pero el arpa comenzó a gritar:

–¡Amo, amo, amo! ¡Despertad! ¡Socorro!

— ¡Shhhhh!, Conmigo estarás mejor que con ese malvado ogro -dijo Jack.

Pero el arpa continuó gritando, haciendo que el ogro se despertara.

El ogro comenzó a perseguir a Jack dando grandes zancadas gritándole que se detuviera. Pero Jack era muy rápido y llegó a la planta antes que el ogro y deslizándose hacia abajo por ella con el arpa, que seguía gritando, en sus manos.

El ogro también había llegado a la planta de las habichuelas y como estaba tan cabreado se tiro de cabeza hacia el ladrón, comenzando la planta a tambalearse.

Para entonces, mientras la planta se tambaleaba Jack había llegado a su jardín donde lo esperaba su madre:

–¡Rápido mamá, Trae un hacha! -dijo Jack

La mujer corrió a por el hacha y se la dio a Jack, que de un solo golpe corto el tallo de la planta haciendo que el ogro callera al vacío provocando un enorme cráter en el suelo. El ogro había desaparecido para siempre junto con la planta.

Jack continuó viviendo con su madre, la gallina y el arpa.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado.