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El gato con botas

Érase una vez un molinero que había enviudado al poco de casarse y había criado solo a sus tres hijos. No era rico, pero con su trabajo lograba vivir dignamente. Su molino era muy conocido en la aldea: todos los campesinos le llevaban el grano para molerlo y convertirlo en harina.

Pero un día el molinero enfermó y, unos días más tarde, murió.

Los tres hermanos se repartieron las pocas cosas que el padre les había dejado: el molino, un asno y un gato. Para evitar que un abogado les cobrara por encargarse del reparto, el mayor sugirió:

Iremos por orden de edad. Yo, que soy el mayor me quedaré con el molino. A ti, que eres el mediano, te toca el asno. Y a ti, que eres el menor, te toca el gato.

Hecha la división, los dos hermanos mayores se marcharon satisfechos. Habían hecho un buen trato; el molino y el asno les permitirían seguir trabajando juntos y ganarse bien la vida.

El hermano menor, en cambio, se quedó pensando con el gato enroscado en sus rodillas:

¿Qué hago yo con este gato? Podría comérmelo, pero con lo flaco que está no me alcanzaría ni para un tentempié. Podría vender su piel, pero de todos modos moriría de hambre.

El gato bajó del regazo de su dueño y le riñó: ¡Deja de lamentarte, no eres tan desgraciado como crees!

El joven miró sorprendido a su alrededor, intentando entender quien había hablado. Pero a parte de él y el gato no había nadie más.

¡Soy yo el que habla, y si haces lo que te diga, serás rico! – continuó el gato.

El muchacho, naturalmente, no se creía nada de que decía aquel felino charlatán. Aun así, decidió escucharle. ¡Tampoco tenía nada que perder!

Tráeme enseguida un par de botas y un saco – le mandó el gato.

Con el último dinero que tenía, el joven compro un majestuoso sombrero y un par de botas de piel roja con unas grandes hebillas doradas, y se las dio al gato. Luego le puso el saco en el lomo.

Equipado de este modo, el gato se adentró en un bosque donde se entraban muchas liebres. Llevaba ya un rato caminando cuando, por fin, vislumbró la madriguera de una liebre. Metió en el saco unas zanahorias frescas que había cogido de un huerto y lo colocó cerca de la madriguera, manteniéndolo abierto con una rama. Después se tumbó por allí cerca, haciéndose el muerto, con el cuerpo rígido y los ojos cerrados. Al cabo de un rato, una liebre pequeña olió las zanahorias y asomo el hocico. Se acercó al saco, entró y ¡Zas!, el gato tiro rápidamente de la cuerda. Ató el lazo y la liebre quedó atrapada.

El gato se echó el saco a cuestas y se dirigió hacia el palacio del rey. ¡Rápido, anunciadme a su majestad, debo verlo urgentemente! – gritó a los guardias, que lo observaban pasmados. ¡Jamás en su vida habían visto a un gato parlante con botas! Uno de ellos corrió a avisar al rey, quien, curioso, lo recibió.

El gato, que no tenía miedo, entro al magnifico castillo, cruzó las salas y salones y, por fin, se encontró con el trono del rey.

–Majestad, vengo a traeros un regalo de parte de mi amo -lo reverenció con un respetuoso saludo- Mientras hablaba, sacó la liebre y se la ofreció al rey. A éste le gustaba tanto la caza que aceptó con gran entusiasmo.

¡Para mí será un verdadero placer comerme esta pieza, están tan ricas! Y cuéntame, ¿quién es tu amo?

-Mi señor es el marqués de Carabás -respondió el gato con el primer nombre que le vino a la cabeza-

-Pues dale las gracias al marques de mi parte -dijo el rey, que ordenó a sus sirvientes darle una buena propina al gato.

Éste después de haber hecho una graciosa reverencia, se fue de lo más contento. Con la recompensa del rey, el gato y su joven amo comieron hasta saciarse durante unos días.

Mas tarde, cuando el dinero se acabó, el gato regresó al bosque para cobrarse otra pieza. Esta vez, y gracias a la misma técnica, capturó dos perdices jugosísimas. Cuando las tuvo en el saco volvió al castillo real. De nuevo, cruzó las salas y salones hasta llegar al trono.

Majestad, vengo a traeros un regalo de parte de mi amo, el marqués de Carabás – dijo el gato haciendo una reverencia y mostrándole la caza.

También esta vez el rey agradeció mucho el presente que el gato le llevo. Solo con ver esas perdices se le hacia la boca agua: ¡Que carne más jugosa deben tener!

-Entonces dale las gracias al marqués de mi parte -dijo el rey, que mando a sus sirvientes darle una propina al gato.

Con la recompensa del rey, el gato y su amo se atiborraron durante días. Nuevamente, cuando el dinero se acabó, el gato volvió a salir a cazar.

Y así, durante tres meses, en la mesa del rey no hubo lugar para otros manjares que no fueran los que el gato con botas le ofrecía.

El rey se había acostumbrado a las idas y venidas del gato y aguardaba impaciente sus regalos, que mandaba directamente a la cocina para que su cocinero los preparara de manera exquisita. Y cada vez que oía el nombre del marqués de Carabás, se preguntaba curioso:

-Pero ¿Quién es ese marqués?

El gato había podido mantener tranquilamente a su amo con las recompensas que recibía de su majestad gracias a ser un espléndido cazador. Pero temía que tarde o temprano, los cortesanos del rey, que ya lo miraban envidiosos se cansaran de verlo rondar por allí. Decidió, entonces, continuar con su astuto plan.

Al cabo de unos días se presentó la ocasión, cuando el gato supo que el rey daría un paseo por el río, llevando con él a su hija la princesa.

El gato fue a su amo y le dijo:

-Hoy verás al rey y a la bellísima princesa. Ven conmigo al río y haz todo lo que te diga.

El joven, a esas alturas ya confiaba ciegamente en su gato, por lo tanto, obedeció.

Cuando llegaron a la orilla del río, el gato le dijo que se desnudara. Sin saber muy bien por qué le decía eso, el muchacho se quitó sus ropas y se quedó en calzoncillos.

El gato escondió la ropa detrás de unos matorrales y le ordeno al chico que se metiera en el río, a lo que, de nuevo, obedeció.

¡El agua esta helada! Exclamó el joven, ¿Por qué tengo que estar a remojo?

-Calla y confía en mi – le replico el gato mientras miraba a lo lejos la comitiva real.

Al cabo de un rato oyó más cerca el sonido del galopar de los caballos de la carroza del rey.

Cuando la comitiva apareció en el borde del río el gato fue hacia ella gritando:

– ¡Socorro!¡Socorro!¡Auxilio!

El rey, al ver al gato, ordeno detener la carroza inmediatamente.

¿Qué ocurre? Le pregunto el rey al gato.

-Es mi amo, el marqués de Carabás ¡Unos bandidos le han robado el caballo y hasta sus ropas! Y después le han tirado al río, ¡ayudadme majestad, se está ahogando!

El rey ordenó a su guardia personal sacar al marqués del rio mientras que a sus sirvientes les mandó ir al castillo a por un traje, indicándoles que llevaran el mejor de su colección.

En un santiamén, el joven se encontraba fuera del agua, vestido elegantemente y frente al rey, agradeciéndole su ayuda y el trato que había recibido. La princesa, al ver a aquel joven tan apuesto y elegante se enamoró a primera de él.

El rey, que se percató de ese detalle, invitó al joven a subir a la carroza. El joven no pudo rechazar tal invitación, porque el, del mismo modo, se enamoró locamente de aquella joven princesa.

Mientras, el gato corría delante de la comitiva real, adelantándose en el camino. Encontró un grupo de agricultores que estaban sembrando y les gritó:

– ¡Eh, vosotros! En un rato pasará el rey. Si os pregunta de quién son estos campos, decidle que son del marqués de Carabas ¡Seréis recompensados por ello!

Los labradores, alucinados por haber oído a un gato hablar, obedecieron, a pesar de que aquellas tierras eran del malvado ogro, al fin y al cabo ¡no les podía ir peor que con el ogro!

El rey, al ver las tierras tan bien cuidadas y sembradas, felicitó al marqués.

Cuanto más se adelantaba el gato, más iba ofreciendo recompensas a segadores y recolectores que trabajaban en las tierras del ogro, obedeciendo igualmente todos ellos.

El rey se encontraba alucinado al ver las tierras del marqués.

El gato siguió corriendo hasta llegar a la fortaleza del ogro, dueño de las tierras.

-Rápido, anunciadme al ogro -dijo el gato a los guardias.

Alucinados al ver un gato parlante, rápidamente lo hicieron pasar al ver al ogro.

-Vuestra alteza, nunca había visto unas tierras tan fértiles y bellas- dijo el gato.

El ogro, que era muy vanidoso dijo:

-Continua, me gusta lo que dices.

-He oído rumores, pero me costaba creérmelo. Pero visto lo visto empiezo a creerme aquellos rumores -dijo el gato sin decir nada más.

¿Qué rumores? Si quieres saber algo, dime y te responderé.

-Excelencia, no quería ofenderle, pero se dice que es un poderoso hechicero, y que es capaz de convertirse en cualquier cosa o animal. Y de verdad, me cuesta creer en esas cosas. -respondió el gato en un tono inocente.

– ¡Pues créelo gato! -gritó el ogro, mientras se transformaba en un gigante puma.

El gato, del susto, pego un saltó hasta colgarse de una lámpara del salón.

– ¿Qué te parece, te lo crees ahora? -preguntó el ogro en tono jocoso.

– ¡Es increíble! Pero… – dijo el gato mientras hacia una pausa.

– ¿Aún no te lo crees? -replicó el ogro.

-No, excelencia, no es eso, pero para usted convertirse en algo tan grande no es difícil, me preguntaba si sería capaz de hacerlo en un animal diminuto como un ratón. -dijo el gato con gran astucia.

El ogro, sintiéndose atacado en su ego, se transformó de inmediato en un ratón. Pero el ogro no se había dado cuenta que había caído en la trampa del gato, y sin que le diera tiempo a más, el gato se lanzó sobre él y se lo comió.

Al cabo de un rato, la comitiva real llegó a la fortaleza del ogro, siendo recibidos por el gato.

-Bienvenido Majestad -dijo el gato mientras hacía una reverencia. El rey, sorprendido con semejante palacio dijo:

-Felicidades marqués, sus propiedades son increíbles.

El joven, sin palabras y confiando ciegamente en el gato, invitó al rey y a la princesa a entrar en el castillo.

-El marqués me pidió que me adelantara para preparar un aperitivo pensando en que estaría hambriento -dijo el gato.

El gato guió a los comensales hacia el salón, donde había preparados unos suculentos manjares, era la cena del ogro. Se acomodaron y comieron y bebieron hasta quedar saciados.

La princesa y el chico no se habían quitado el ojo desde el momento en que se vieron y el rey se dio cuenta.

-marqués, nunca había conocido a un anfitrión tan educado y generoso como tú, me enrojecería, viendo los sentimientos que florecen entre mi hija y usted, que tomara la mano de mi hija.

El chico, locamente enamorado de la princesa, no tardó en responder al rey.

-Gracias majestad, si su hija está dispuesta estaré encantado en hacerla feliz.

Al poco tiempo se celebró la boda, siendo la ceremonia más fastuosa nunca vista.

Y así es como el hijo de un molinero terminó siendo príncipe y heredero al trono.