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Caperucita roja

Érase una vez una hermosa niña que vivía en un pueblecito en el margen de un bosque. Tenía unas largas trenzas rubias, unos hermosos ojos azules y una gran sonrisa. Vivía con su madre, que la amaba por encima de todas las cosas, mientras que su abuelita vivía sola en el otro lado del bosque.

La abuelita era una fantástica tejedora y, al no encontrarse muy bien de salud, apenas salía de casa y pasaba su tiempo tejiendo y bordando preciosas prendas para su nieta. Una de esas prendas fue una capa hecha con una tela de terciopelo rojo, que le serviría para protegerse del frio y de la lluvia en los paseos que la niña hacía para ir a visitar a su querida abuela.

A la niña le encantaba aquella capa, y por ello siempre se la ponía. Por ello, la gente del pueblo empezó a llamarla “caperucita roja”, llegando el día en que todos olvidaron su verdadero nombre. Para todos era Caperucita roja.

Una mañana, caperucita estaba jugando en la plaza cuando fue llamada por su madre:

-Caperucita, ven por favor, necesito que me ayudes.

-Dime mamá -respondió la niña.

Era una joven muy amable y educada, aunque alguna vez no hacía demasiado caso a su mamá, como todos los niños.

-La abuela no se encuentra bien; está en la cama y no tiene quien la cuide. He preparado esta cestita con miel, pan, galletas y vino y necesito que se la lleves. -dijo su madre.

La madre le dio la cesta a caperucita, que muy alegre se fue de camino a casa de su abuelita.

-Caperucita, camina por el sendero y no hables con desconocidos. ¡El bosque puede ser peligroso! -dijo su madre.

-Tranquila mamá, no me desviare del sendero. -respondió caperucita.

-Otra cosa hija, No saltes ni corras o se podrá romper la botella de vino. – advirtió su madre.

– ¡Si mamá! -respondió la niña mientras se adentraba ya en el bosque.

Caperucita estaba muy alegre, hacía un precioso día, caminaba envuelta en olores de primavera y los pájaros cantaban alegres melodías.

La niña había olvidado ya las palabras de su madre porque se distraía fácilmente. De esta manera no se dio cuenta que un lobo se había percatado de su presencia por el olor a carne joven y tierna.

-Hola niña ¿Qué haces tan sola en medio del bosque?

La niña se sobresaltó, no se esperaba oír aquella voz tan cavernosa en medio del bosque. Pero al ver al lobo no se asustó. No había visto nunca ninguno y no sabía que era una bestia feroz.

-Voy a ver a mi abuelita que vive al otro lado del bosque y está malita. -respondió inocentemente la niña.

– ¿Y no tienes miedo a perderte?

-No, he ido muchas veces, conozco muy bien el camino. -respondió la niña en tono sonriente.

-Asique ¿tu abuelita esta sola en casa, enferma y desvalida? -preguntó el malvado lobo mientras tramaba su plan.

-Si, es ya muy mayor. -respondió caperucita.

<< Hoy es mi día, si actúo bien podre comerme a las dos >> pensó el lobo.

Haciéndose el ingenuo, camino junto a la niña y le dijo sagazmente:

-Caperucita, ¿qué te parece si me adelanto yo con la cestita y tu mientras tanto le coges unas flores a tu abuelita? ¡Seguro que le encantan!

– ¡Magnifica idea! -exclamó caperucita.

Mientras caperucita se entretenía y perdía la noción del tiempo recogiendo flores, el lobo a grandes zancadas atravesó el bosque hasta llegar a la casa de la abuelita. Cuando llegó llamo a la puerta suavemente.

– ¿Quién es? -preguntó la abuela.

-Abre abuelita, soy yo, caperucita. -respondió el lobo imitando la voz de la niña.

No era exactamente igual, pero la abuela que ya estaba un poco sorda no tuvo ninguna duda, ¿Quién iba a ser sino?

Una vez entró el lobo en la casa, a la abuela no le dio tiempo ni de girarse, el lobo ya la había engullido.

-Estaba un poco dura la vieja, seguro que la niña está más tierna. -dijo el lobo.

Mientras esperaba a que llegara la niña, el lobo se puso el camisón y las gafas de la abuelita y se metió en la cama. De este modo ocultaba su apariencia ante caperucita.

Cuando oscureció, la niña se dio cuenta de que tenía que ir a casa de su abuelita.

– ¡Que tarde se me ha hecho! -exclamó.

Ya de noche llegó a casa de la abuelita, llamó a la puerta tímidamente:

-Abre abuelita, soy yo.

-Esta abierto cariño, entra, estoy en la cama. -respondió el lobo fingiendo la voz de la abuelita.

Caperucita sabía que su abuela estaba malita, por lo que no dio importancia a la voz ronca que escuchó.

Cuando la niña entró en la habitación de la abuela se dio cuenta que algo extraño pasaba, cuando iba a ver a su abuela, ésta siempre se alegraba, y esta vez no había salido ni siquiera de la cama.

La niña se sentó en el borde de la cama y observo a su abuela.

-Abuelita, ¡Qué orejas tan grandes tienes! -dijo sorprendida.

-Son para oírte mejor hija. -dijo el lobo.

-Abuelita, ¡Que ojos tan grandes tienes! -añadió la niña.

– ¡Son para verte mejor!

-Y… ¡que manos tan grandes tienes! -dijo caperucita recordando las finas manos de su abuela.

– ¡Son para acariciarte mejor!

-Pero abuela – añadió la niña asustada- ¡Que boca tan grande tienes!

– ¡Es para comerte mejor! -gritó el lobo mientras salía de las mantas y se lanzaba a devorar a la niña.

-Ummm estaba mucho más rica que su abuela. -dijo el lobo mientras se volvía a meter bajo las mantas a dormir, ¡le había entrado sueño!

Pasaba por allí un cazador que conocía a la abuela desde hacia mucho tiempo. Sabía que la señora había caído enferma y decidió acercarse a ver como estaba.

Llamó a la puerta, pero nadie respondía. Temiendo que hubiera ocurrido algo, el cazador se aproximó a la ventana del dormitorio. Miro hacia el interior y al ver al lobo en la cama le entró un escalofrío por todo el cuerpo.

– ¿Se habrá comido a la abuelita? -se preguntó el cazador.

Cogió su rifle, apunto a la cabeza del lobo y ¡Blanco! El lobo yacía muerto en la cama, pero su barriga no paraba de moverse. Ahora el cazador estaba seguro de sus sospechas. ¡El malvado lobo se había comido a la abuelita!

Rodeo la casa y entro en ella corriendo velozmente a la habitación. Con su puñal y con sumo cuidado abrió la panza del lobo.

– ¡Qué miedo he pasado! Dijo caperucita cuando salía de la barriga del lobo.

Finalmente, el cazador despellejó al lobo y se llevó su piel. Caperucita se despidió de su abuelita y volvió a casa, donde le esperaba preocupada su mamá. Cuando la niña le explicó lo ocurrido, ésta se asustó de tal manera que abrazo fuertemente a la niña y se olvidó reñirla por haberla desobedecido.

Pero ya no hubo necesidad de ello, la niña había aprendido la lección.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.