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Blancanieves

Erase una vez una reina que, en una habitación de palacio se encontraba bordando junto a una ventana cuyo marco era de madera negra. Era invierno y nevaba, y en una distracción se pincho con la aguja en un dedo, haciendo que las gotas de sangre cayeran sobre la tela que estaba bordando.

En ese momento, en un suspiro de tristeza exclamó:

–¡Como me gustaría tener una hija con la piel blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y el pelo negro como esta ventana!

Pasaron unos meses y el sueño de la reina se cumplió, dio a luz a una niña de tez blanca, mejillas rosadas y pelo negro a quien llamo Blancanieves.

Por desgracia, al poco tiempo la reina enfermó gravemente y falleció. El rey, al tiempo contrajo matrimonio con otra mujer, también hermosa pero muy engreída, la cual no podía soportar la idea de que en el reino hubiera una mujer más guapa que ella. Tenía un espejo mágico al que todos los días preguntaba:

–Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino?

Y el espejo respondía:

–En el reino, usted majestad, no hay nadie más bella.

Mientras, Blancanieves crecía y se hacia cada vez más hermosa. A los quince años era mucho más guapa que su madrastra. Y llegó el día en el que la reina preguntó al espejo:

–Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino?

Y el espejo le respondió:

–Tu eres muy bella mi reina, pero en el reino hay una mujer aún más bella, llamada Blancanieves.

La reina no esperaba tal respuesta y desde aquel momento empezó a odiar a Blancanieves. La envidia crecía en ella como las malas hierbas hasta llegar a sentir un tremendo odio hacia la joven princesa.

Entonces un día llamo al cazador de la corte y le ordenó llevar al bosque a Blancanieves, matarla y llevarle su corazón con prueba de su muerte. El cazador conocía a Blancanieves desde niña y sentía por ella un gran cariño, pero no podía desobedecer a la reina. Condujo a la joven al bosque con la excusa de dar un paseo y en el momento en el que alzó su cuchillo para asesinarla, ella se puso a llorar:

–¡Por favor, no me mates!, me adentraré en el bosque y no volveré jamás.

El cazador la dejó marchar, al fin y al cabo, en el bosque los lobos no tardarían en encontrarla y devorarla, pero así, el hecho de no matarla no pesaría para siempre en su conciencia. Al poco cazó un corzo, le arrancó el corazón y se lo llevo a la reina.

Mientras tanto, Blancanieves se había adentrado en el bosque y tenia mucho miedo. Echó a correr por el bosque y las fieras pasaban a su lado sin hacerle daño alguno. Corrió durante horas y, al cabo de un rato vio una cabaña en la que entró a refugiarse. En esa casa todo era diminuto.

Había una mesa puesta con siete platos, siete cubiertos y siete vasos. Junto a la pared había siete camas perfectamente hechas.

Blancanieves estaba tan cansada y hambrienta que comió un poco de cada plato y bebió un poco de cada vaso, luego se acostó en una de las camitas durmiéndose al instante. Por la noche llegaron los dueños de la cabaña, eran siete enanitos que trabajaban en las montañas. Encendieron las velas y cuando la casa estaba iluminada vieron que alguien había entrado en la casa.

El primero dijo:

–¿Quién ha comido de mi plato?

El segundo dijo:

–¿Quién se ha comido mi pan?

El tercero dijo:

–¿Quién se ha sentado en mi silla?

El cuarto dijo:

–¿Quién ha usado mi tenedor?

El Quinto dijo:

–¿Quién ha usado mi cuchara?

El sexto dijo:

–¿Quién ha bebido de mi vaso?

El séptimo dijo:

–¿Quién se ha comido mis garbanzos?

Luego miraron hacia sus camas, viendo que estaban desechas, hasta que en una de ellas vieron a una hermosa joven.

–¡Ohhhh, que guapa es! -exclamaron-

La vieron tan cansada que decidieron no despertarla.

Por la mañana Blancanieves se despertó y se asustó al ver a los siete enanitos, que se habían quedado prendados mirándola, tratándola con amabilidad, por lo que la joven les contó su historia.

–¡Por favor, no me echéis, no tengo donde ir! – dijo.

–No te preocupes Blanca, puedes quedarte aquí el tiempo que necesites. -Respondió el enanito más mayor.

–Mientras vosotros trabajáis yo puedo ocuparme de las tareas de la casa si os parece bien.

Así pues, por la mañana los enanitos se iban a trabajar a las montañas en busca de oro y Blancanieves atendía la casa. De día siempre estaba sola, por lo que los enanitos le aconsejaron tener precaución:

–Ten cuidado Blancanieves, tu madrastra no tardará en descubrir que te escondes aquí, cuando estés sola no abras la puerta a nadie.

Mientras tanto la reina creía haberse librado de Blancanieves, ya ni se acordaba de ella. Durante un tiempo vivió tranquila sin la necesidad de interrogar al espejo. Un día, con ganas de oír al espejo decirle que era la más bella, cogió el espejo mágico y le preguntó:

—-Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino?

Y el espejo respondió:

–Mi reina, la más bella del reino eres tú, pero más allá de las montañas en casa de siete enanitos, se encuentra Blancanieves que lo es mucho más.

La reina se estremeció, sabia que el espejo nunca mentía y supo que el cazador no le había dicho la verdad. Decidió entonces deshacerse personalmente de ella. Se disfrazo de feriante para que nadie pudiera reconocerla y cruzó las montañas hasta llegar a la casa de los siete enanitos.

Llamó a la puerta mientras ofrecía productos buenos y bonitos. Blancanieves se asomó a la ventana y pregunto:

–Buenos días, ¿Qué tienes para venderme?

–Cosas muy bonitas. Faldas, calcetines, sedas. -respondió.

<<A esta buena mujer puedo dejarla pasar, pensó>>

–Pasa y enséñame lo que tienes. -Dijo Blancanieves.

Una vez dentro, le compro un corpiño. La mujer le dijo entonces:

–Ven aquí, yo te lo pondré, tu sola no podrás atártelo bien.

La mujer se lo apretó tan fuerte que Blancanieves se quedó sin aire y se desmayó.

–¡Ahora ya no eres la más bella! -dijo la reina satisfecha mientras huía del lugar.

Cuando se hizo de noche, los enanitos regresaron a casa y se asustaron al ver a Blancanieves tendida en el suelo, ¡Como si estuviera muerta! La levantaron y al ver que el corpiño estaba muy apretado se lo cortaron. De repente la chica volvió a respirar y volvió en sí.

Cuando los enanitos escucharon lo ocurrido, le dijeron:

–Esa feriante era la reina. ¡No dejes entrar a nadie si no estamos nosotros!

Tan pronto como la reina llegó a palacio, se puso delante del espejo y le pregunto:

–Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino?

Y el espejo respondió:

–Mi reina, la más bella del reino eres tú, pero más allá de las montañas en casa de siete enanitos, se encuentra Blancanieves que lo es mucho más.

Al oír al espejo decir eso, la reina se lleno de ira y rabia: ¡Blancanieves aún estaba viva!

Como era muy malvada, preparó un peine con veneno y se disfrazo de nuevo de feriante. Regreso a la casa de los enanitos y llamo a la puerta mientras ofrecía cosas buenas y bonitas.

–Lo siento, no puedo dejar entrar a nadie. -dijo Blancanieves asomándose a la ventana.

–Pero mira lo que tengo. -enseñándole el peine envenenado.

A la joven le gustó tanto que la dejó pasar a que la peinara y, en cuanto aquel peine todo su cabeza Blancanieves cayó desvanecida al suelo.

Cuando los siete enanitos regresaron a casa vieron a Blancanieves tendida en el suelo como si estuviera muerta, viendo a su lado el peine envenado, sospechando al instante de la reina.

En cuanto le sacaron el veneno. Volvió en si y les contó lo ocurrido y de nuevo le dijeron que no debía abrir la puerta a nadie.

Cuando la reina llegó a palacio, se puso delante del espejo y le pregunto:

–Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino?

Y el espejo respondió:

–Mi reina, la más bella del reino eres tú, pero más allá de las montañas en casa de siete enanitos, se encuentra Blancanieves que lo es mucho más.

La malvada madrastra, encolerizada gritó:

–¡Esta vez morirá!

Fue a la cocina y cogió una manzana, la frotó veneno y después se vistió de frutera. Nada más probar esa manzana, Blancanieves moriría en el acto.

De nuevo cruzó las montañas y apareció en la casa de los enanitos, ofreciéndole esta vez manzanas, y de nuevo Blancanieves a través de la ventana respondió:

–Lo siento, pero no puedo dejar entrar a nadie, los enanitos me lo han prohibido.

–No pasa nada, -respondió la mujer- Coge una manzana, te la regalo.

–No gracias. ¡No puedo aceptar nada! -dijo Blancanieves.

–¿tienes miedo de que este envenenada? Haremos una cosa, yo comeré la parte blanca y tu la parte roja. Blancanieves no sabia que solo la parte de fuera estaba envenenada.

Cuando vio a la frutera comer la manzana, la joven hizo lo mismo, comiéndose la parte roja. Al primer bocado cayó al suelo fulminada.

La reina se echó a reír con una malvada carcajada mientras decía:

–¡Esta vez los enanitos no conseguirán despertarte!

De vuelta al palacio, la reina volvió a preguntar al espejo:

— Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino?

Y el espejo respondió:

–En el reino, usted majestad, no hay nadie más bella.

Al final, su mente descanso en paz, creyendo que ella era la más bella. Los enanitos se encontraron de nuevo con Blancanieves tendida en el suelo e hicieron de todo por revivirla, pero fue inútil, por lo que decidieron colocarla en un ataúd de cristal para que cualquiera pudiera contemplar desde fuera tal belleza.

Blancanieves yació durante mucho tiempo en ese ataúd, pero nunca perdió su belleza, parecía que dormía. Un día paso por el bosque un príncipe, que perdido pidió a los enanitos pasar la noche en su cabaña. Vio el ataúd de cristal con la hermosa joven dentro y se enamoro de ella al instante.

–Dejad que la lleve conmigo, por favor, os daré lo que queráis. -dijo el príncipe.

Los enanitos en un primer momento se negaron, pero al ver que el amor del príncipe era sincero dejaron que el príncipe se llevara el ataúd con la joven dentro de él.

Durante el camino, uno de los sirvientes del príncipe tropezó y el ataúd se cayó, haciendo que a Blancanieves se le saliera de la boca el trozo de manzana envenenado. Abrió los ojos y se levantó, ¡Había resucitado!

–Pero ¿Qué ha pasado? -preguntó asustada.

El príncipe se presentó y le conto lo que había pasado, a continuación, le declaró su amor y que deseaba que fuera su princesa, a lo que Blancanieves aceptó y se fue con él al castillo.

Y vivieron felices para siempre.